Pacurro.-
Hubo un tiempo en que no hacía falta quedar. Se quedaba solo.
Nos juntábamos en Navidad, en la feria, en cualquier cumpleaños, domingos y festivos, algunos hasta compartíamos vacaciones . Nadie preguntaba quién llevaba qué: uno traía el vino, otro el guiso pata, quien cocinaba el arroz o los que solo traían las ganas de reírse. Y lo demás venía solo.
Y luego estaba Villa Colorado.
Así llamábamos a la casa que Juan José y Juani se estaban construyendo. Todavía era una obra, con las paredes a medio hacer y sin acabar de rematar, pero para nosotros era la mejor casa del mundo. Allí hicimos reuniones, comidas y celebraciones de todo tipo. Nadie se quejaba de que faltara una puerta o de que el suelo fuera de cemento: lo que había, se aprovechaba. Unos tablones hacían de mesa, las sillas venían de cada casa y cualquier rincón valía para montar la fiesta. Sacamos partido a aquella construcción como solo saben hacerlo los amigos, con ingenio, con buen humor y con muchas ganas.
Y si alguien tenía ingenio, ese era Juan José. Para las bromas era único. Las preparaba con paciencia de artista y con una cara de no haber roto un plato que lo delataba todo menos a él. Una de sus favoritas: conseguía una botella idéntica a la del vino, la llenaba de agua y, en un descuido, hacía el cambiazo. Y ahí lo teníamos, esperando a que alguien se sirviera un buen trago. Siempre picaba alguien. Siempre. La cara del primero que probaba aquello no se me olvida, y las carcajadas después, tampoco. Y esa era solo una de tantas: tenía otras parecidas, una tras otra, y nunca se le acababan las ideas. El primero en reírse era él. Con Juan José, cualquier reunión acababa siendo una fiesta.
Nuestros hijos correteaban , se perdían y volvían con los zapatos hechos polvo y una sonrisa de oreja a oreja. Crecieron juntos, casi como primos. Nosotros los mirábamos y pensábamos, sin decirlo, que aquello iba a durar siempre.
Y no ha durado siempre. Pero tampoco se ha roto nada.
No hubo ninguna pelea, ningún portazo. Fue algo más callado. Los niños se hicieron mayores y cada uno tiró por su camino . Un día nos dimos cuenta de que hacía meses que no nos veíamos. Y luego, años.
No dejamos de ser amigos. Dejamos de compartir cosas, que no es lo mismo, aunque a veces duela casi igual.
Por eso escribo esto. Para acordarme de aquellas comidas y celebraciones de Nocheviejas, de aquellas ferias que se alargaban hasta la madrugada y de aquellas tertulias de verano que parecían no acabarse nunca. Y de Villa Colorado, y de Juan José, que ya no está con nosotros y a quien recordamos con mucho cariño, con el mismo cariño que recordamos a Pepe, que también se marcho muy pronto . Son momentos que ya no vuelven, y precisamente por eso valen tanto.
Gracias, amigos, por esos años. Por haberlos vivido conmigo y por haber hecho que mis hijos, y los vuestros, tengan una infancia de la que acordarse.




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