lunes, 28 de noviembre de 2016

Amor Incondicional. Por Salvador Delgado Moya


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La noche prometía.
La alcoba deslumbraba. El olor de las rosas intensificaban el ambiente y las ascuas de la chimenea incandescente proporcionaban atisbos de deseos incontrolados.
El espejo de la habitación grababa los movimientos incontrolados e improvistos de cordura que se producían sobre aquel colchón.
Las sábanas intuían rozamientos compulsivos de almas desprovistas de vergüenza. Los cuerpos levitaban en una simbiosis de ambas epidermis, incitando a la sudoración fría mezclando un placer irracional. 


Pupilas dilatadas y nerviosismo por doquier.
Él la cogió por detrás, le retiró con delicadeza el cabello teñido y embadurnado de fragancia administrada en dosis sin escatimar la cantidad, la abrazó, llegando sus manos a acariciar su pelvis y besó, con una delicadeza sutil, el cuello, hasta erizar toda su piel…
Apagó la luz, dejando de vigía aquellos rescoldos de la lumbre, envidiosos por ser meros observadores de la situación.
Delicadamente cogió sus manos y le brindó cambiar de postura y le ofreció la horizontabilidad del deseo, la necesidad, el descubrimiento y el súmmum del placer.
Se recostó sobre las sábanas impolutas, vírgenes de calor corporal y evidenciando el acontecimiento.
La seda de las sábanas parecía transformarse en la más pura franela, emanando más calor que un volcán. Los brazos de él y ella se entrelazaban y los labios buscaban con desesperación la correspondencia del otro, para realizar la fusión perfecta y necesaria. Las posturas variaban por momentos, llevando al límite las articulaciones. La musculatura se activaba con un frenesí difícil de controlar, haciendo que la relajación y la contracción luchen por definirse.
El acoplamiento fue perfecto, mecanizado y deseoso. Los abrazos fueron tan fuertes que parecían que los dos cuerpos llegaran a solidificarse conjuntamente llegando a ser uno, donde ambos corazones emitían sonidos
de gemidos, vociferando el placer y llegando al éxtasis divino. Momentos tormentosos con la fuerza de una tempestad que finalizan con la serenidad de la embriaguez de la satisfacción.
Él, nunca encontró tanta pasión y dedicación en una amante. Estaba pletórico, rebosante, satisfecho, saciado de amor y de sexo. Tras unos minutos de un sepulcral silencio, el comenzó a besarla por todo el cuerpo en agradecimiento por su bienestar.
Se levantó con intenciones de darse una ducha, antes encendió un cigarro, se sentó en el filo de la cama y la siguió observándola. Ni el humo pretendía marcharse para disfrutar de aquel momento. La ducha era necesaria para limpiar las heridas de la batalla, y decidió que el agua caliente y cristalina amansara aquella piel.
Tras volver, completamente limpio, se acercó hacia ella que seguía recostaba en la cama. Boca abajo se encontraba ella. Le quitó con suavidad el pelo de la nuca con intenciones de besarla y fue allí donde vio aquel maldito tatuaje…
Un tatuaje donde te devolvía a la realidad, donde el calor se convertía en frialdad, donde los ojos derramaban lágrimas, donde la necesidad se transformaba en actos… Tres palabras que para algunos, posiblemente, sean su salvación. El enigma decía: “MADE IN CHINA”...
Ese conglomerado de látex muy bien definido está provocando verdaderas lujurias en machos alfa. Lo mejor de ellas… la discreción.