martes, 1 de agosto de 2017

RIZOS DE ORGULLO. Por Salvador Delgado Moya

               

         

Se ha hablado, escrito mucho, sobre la figura de nuestro joven paisano Ernesto González Martín. Pero el siguiente artículo es diferente, con una gran carga de emotividad, redactado en un estilo impecable. Es un trabajo que hay que leerlo más de una vez.

           Cuenta la leyenda, que hubo una vez un joven que marcó en el alma, a familiares, amigos y convecinos.
            La historia transcurrió en un lugar tranquilo, discreto y engalanado de azahares.
            Nuestro personaje pasó de ser un joven con atributos de normalidad, a ser una referencia e icono de compromiso, optimismo, lucha y voluntad.


            Quizás tuvo una infancia marcada con altibajos familiares, consecuentes de los caprichos de un destino que en esa humilde casa, entró por la puerta de atrás.
            Era el menor de tres hermanos, hijo de un bellezón de madre y del optimismo personificado, como padre. Eran una simbiosis perfectamente engranada para soportar tormentas en días en los que se habían predecido anticiclones.
            Nuestro personaje fue creciendo, llegando a una adolescencia, pisando en el camino con zapatos de discreción y andares de modestia. Su objetivo, como cualquier joven, se adoctrinaba en las ansias de conocimientos y sinfonías de teclas, acariciadas con el ímpetu, el gusto y el arte.
            Aunque el camino en ocasiones, podría ser sinuoso y complicado, tuviste “la suerte” de ser asfaltado con dolor, incoherencia, impotencia y “muy mala leche”…
            Pero como un buen torero, esperaste el destino “a puerta gayola”; con verónicas de sometimiento; pases de pecho directo al alma; estoques envenenados y alberos mojados con lágrimas silenciosas.
            Ibas y venías. Ibas y te quedabas, hipotecando tus venas para saldar una deuda que jamás hubieras firmado. Y recostado en sábanas prestadas, sufrías y padecías las inclemencias derivadas de una lacra que te quería consumir. Pero mientras tu sangre compartía recorrido con una química invitada, tu voz, resurgía dando ánimos y fuerzas a todos los que te querían.
            Y mientras todo pasaba, y mientras el padecimiento se atribuía un protagonismo iluso, nuestro personaje se resguardaba en libros, textos y nuevos descubrimientos que daban luz a días completamente oscuros y grises.
            Pero todo pasa, quizás, porque llega un momento que no quedan más lágrimas, quizás, porque  no quedan más preguntas, quizás, porque la vida, algunas veces, debe recompensar tanto dolor…
            Y un día, el mar que tanto tiempo estuvo embravecido, pasó a una calma lógica, donde el sol brillaba y calentaba rostros que estuvieron desprovistos de alegría, donde la suave brisa secaba el sudor de tanto esfuerzo y donde el agua reblandecía los duros momentos.
            ¡Pero ahí estabas tú! ¡Quizás hayas pagado un precio muy alto con tu edad!  Tus méritos,  mientras estuviste en la posición horizontal están avalados por tu familia y un equipo médico a los que transmitiste los valores indispensables para ser el mejor paciente que hayan podido tener.
            ¡Pero llegó la verticalidad a tu vida!
            Y supimos quien eras tú. Y demostraste que la modestia tiene rizos, que la humildad toca el piano, que el compromiso tiene cara de ángel, que la responsabilidad vive en la calle Real, que la  inteligencia se apellida González Martín, que el amor de unos padres sufridores, se llaman Elena y Ernesto, y que el orgullo, el mérito y los “cojones” tienen nombre propio… ¡¡¡ ERNESTO!!!
            Somos muchos los que enmudecidos,  gritamos que eres nuestro héroe y nuestro icono. Somos muchos los que quisiéramos tener un hijo como tú, embajador de luces en la oscuridad, de imposibles  posibles y de retos conseguidos con sacrificio.
Bueno Ernesto, sigue tal como ahora, pisando fuerte, aunque te sea un poco complicado ahora,  tienes que saber, que para volar, no hacen falta los pies… y tú, volarás alto, muy alto…
Sé que te vas a Granada a estudiar, nada  que decir, porque todo está dicho, pero te aseguro que con toda la belleza que posee la Alhambra, sucumbirá a tus encantos cuando te conozca, porque la belleza que atesoras eclipsa cualquier maravilla del mundo.
En tu expediente académico hay una asignatura con calificación  “Cum Lauden”, y ese eres tú, ERNESTO GONZÁLEZ MARTÍN.
¡¡¡ Ernesto, Elena, gracias por haber creado ese ser tan maravilloso  !!!                                                                                             


Fdo. Salvador  Delgado Moya